confiamos en influencers sobre nutricion

¿Por qué en nutrición nos fiamos más de los influencers sin formación que de los expertos?

28 de julio de 2026 12

Hace apenas unos años, ante cualquier duda sobre alimentación, probablemente acudíamos al médico. Hoy, sin embargo, la primera opción suele ser una red social donde encontraremos decenas de personas explicándonos qué debemos comer, qué alimentos debemos evitar o cuál es la última tendencia nutricional que promete cambiar nuestra vida.

¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué un vídeo de treinta segundos grabado por un influencer, en muchos casos sin formación, puede resultar más convincente que la opinión de un experto que lleva décadas investigando? La explicación la vamos a encontrar gracias a las opiniones de los científicos y expertos en nutrición a los que hemos entrevistado.

El problema no son las redes sociales

Lo primero que conviene aclarar es que las redes sociales no son necesariamente el enemigo. Las redes sociales son un medio a través del que podemos buscar y obtener información. Eso sí, debemos ser conscientes de que no toda la información es válida o fiable, y aprender a diferenciar entre lo que es contenido de rigor, y el que lo único que nos genera es desinformación.

Desde su nacimiento hasta ahora las redes sociales han contribuido a acercar la nutrición a millones de personas, contribuyendo así a democratizar el acceso al conocimiento. El problema aparece cuando se convierten en nuestra única fuente de información.

Y es que junto a contenidos rigurosos conviven, bulos, o mitos que no sería adecuado que llegaran al usuario. Mensajes difícilmente controlables y diseñados únicamente para captar atención. 

En un entorno donde cualquiera puede opinar sobre cualquier tema, distinguir entre conocimiento y opinión no siempre resulta sencillo.

Los expertos tienen un problema: no siempre dicen lo que queremos escuchar

José Miguel Mulet, catedrático de Biotecnología de la Universidad Politécnica de Valencia, señala una realidad incómoda: muchas veces desconfiamos de los expertos porque no siempre nos dicen lo que queremos oír y, además, un problema que tienen (los expertos) es que no siempre saben comunicarlo (bien).

La ciencia rara vez funciona con certezas absolutas. Los investigadores suelen hablar de probabilidades, matices, contextos y evidencias y ese mensaje es más difícil de asimilar, en cambio un influencer puede utilizar un lenguaje mucho más sencillo, mucho más asimilable, que llega a mucha más gente, aunque ese mensaje sea falso, añade Mulet.

«Este alimento desinflama», «elimina esto de tu dieta» o «este truco cambió mi vida» son mensajes sencillos, fáciles de entender y, sobre todo, fáciles de compartir. El problema es que la realidad nutricional casi nunca es tan simple.

La batalla entre la complejidad y los titulares

Existe una razón muy humana que explica por qué los bulos se difunden con tanta facilidad.

La investigadora Jara Pérez se suma a este debate y explica que un bulo puede resumirse en una frase llamativa. En cambio, desmentir ese bulo lleva mucho más tiempo. 

Por ejemplo, cualquiera puede afirmar que un determinado alimento cura una enfermedad grave y resumirlo en un titular.

Sin embargo, empezar a explicar qué es lo que se sabe, y lo que no, qué hay de cierto o de falso en esa afirmación como explica Jara, requieren más atención por parte del lector. 

Y en una época dominada por la velocidad y los contenidos breves, los mensajes simples tienen una enorme ventaja competitiva.

Creemos lo que queremos creer

Otro fenómeno muy presente en redes sociales tiene que ver con lo que los psicólogos llaman «sesgo de confirmación».

Según explica Mulet, cuando navegamos por internet tendemos a prestar más atención a aquellos mensajes que estás más dispuesto a creer y acabas creyendo aquello que quieres creer.

Si ya pensamos, por ejemplo, que todo lo natural es mejor, será más fácil que demos credibilidad a cualquier publicación que confirme esa idea. Y así con todo.

En otras palabras: muchas veces no elegimos la información más rigurosa, sino la que encaja mejor con lo que ya pensamos.

El negocio de la atención

Tampoco podemos ignorar que muchas plataformas premian los contenidos que generan más interacción. Los mensajes polémicos, alarmistas o sorprendentes suelen obtener más comentarios, más compartidos y más visualizaciones.

Por eso proliferan afirmaciones como: «lo que no quieren que sepas sobre este alimento» o «te han engañado toda la vida». Este tipo de mensajes despiertan curiosidad y generan conversación.

¿Podemos protegernos de los bulos alimentarios?

Por supuesto que sí y es importante destacar que no hace falta tener una carrera científica para desarrollar cierto espíritu crítico. Basta con hacerse una serie de preguntas sencillas para saber si te puedes fiar de esos mensajes:

  • ¿Quién está dando esta información? 
  • ¿Tiene formación en nutrición o salud? 
  • ¿Cita estudios o fuentes fiables? 
  • ¿Promete resultados rápidos o milagrosos? 
  • ¿Está intentando vender algo? 
  • ¿La información aparece también en organismos o instituciones reconocidas? 

Cuando una afirmación parece demasiado buena para ser verdad, suele merecer una segunda revisión.

Verificar y contrastar sigue siendo la mejor herramienta

Lo primero para combatir los bulos sobre alimentación sería verificar y contrastar. 

Vivimos en una época en la que la información circula a una velocidad extraordinaria. Pero precisamente por eso conviene más que nunca detenerse unos segundos antes de compartir o creer cualquier mensaje relacionado con la salud. Porque una mala decisión alimentaria basada en un bulo puede tener consecuencias reales.

Lo que sí necesitamos es aprender a convivir con la incertidumbre y desarrollar cierta capacidad crítica.

La nutrición no suele ofrecer respuestas mágicas ni soluciones instantáneas. Y precisamente por eso los mensajes más fiables suelen ser también los menos espectaculares.

Nutrición

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