Hace no tantos años, hablar de bacterias intestinales no era nada habitual y lo normal, para un público profano, era pensar en problemas de digestión o algo relacionado. Hoy la palabra microbiota aparece en conversaciones sobre salud mental, inmunidad, piel e incluso medicina personalizada. El interés científico ha crecido mucho y, con él, también las expectativas.
Conviene, sin embargo, no correr más que la ciencia. Que la microbiota sea un campo de investigación muy prometedor no significa que explique por sí sola nuestra salud ni que podamos modificarla a voluntad para resolver cualquier problema. Daniel Ramón Vidal, catedrático de Tecnología de los Alimentos de la Universidad Cardenal Herrera CEU, introduce precisamente ese matiz.
Se habla tanto del eje intestino-cerebro que puede dar la impresión de que estamos ante la gran respuesta a la alimentación del futuro. Daniel Ramón Vidal rebaja esa idea y explica que el estudio del eje intestino-cerebro es uno más de los temas de interés en el futuro de la alimentación. Antes y alrededor de él siguen existiendo otras cuestiones, como el hambre, la sostenibilidad de la cadena agroalimentaria o los problemas relacionados con la salud de los consumidores.
Pero reducir el futuro de la alimentación únicamente a la microbiota sería simplificar en exceso un ámbito de investigación mucho más amplio. Desde la nutrición personalizada y la interacción gen-nutriente hasta el desarrollo de nuevas proteínas, ingredientes innovadores, tecnologías alimentarias o el estudio de los factores sensoriales que determinan qué, cuánto y cómo comemos, la ciencia de la alimentación avanza en múltiples direcciones de forma simultánea.
La microbiota, por tanto, no sustituye a todo lo que ya sabemos sobre nutrición. Se suma a ello y abre nuevas preguntas. Y algunas son especialmente interesantes.
El eje intestino-cerebro es probablemente el más conocido, pero no es el único que se está investigando. Vidal señala conexiones entre el microbioma digestivo y diferentes partes del organismo.
Entre ellas está la relación intestino-piel. Su grupo, explica, trabaja con niños con dermatitis atópica recurrente y ha observado cambios en el microbioma (conjunto de completo de microorganismos y su material genético que habitan en un entorno) digestivo antes de determinados picos de inflamación. También se estudia esta relación en adultos con psoriasis.
La investigación se extiende además al aparato reproductor, o aparato locomotor/sistema musculoesquelético.. Vidal menciona también datos en mujeres con endometriosis y líneas de estudio que relacionan el microbioma digestivo incluso con el oído. La idea de fondo es que lo que ocurre en nuestro intestino puede estar conectado con procesos que suceden bastante lejos de él.
Aquí es importante hablar de relación y de investigación, y no convertir cada asociación en una causa demostrada o en una recomendación práctica. El propio planteamiento del experto apunta a un campo en plena construcción, en el que cada vez existen más datos, pero todavía queda mucho por investigar y comprender.
Quizá una de las líneas con más recorrido sea la medicina (o nutrición) personalizada. Durante mucho tiempo hemos asumido que un mismo tratamiento puede producir resultados diferentes en personas aparentemente similares. La pregunta es por qué.
Según explica Vidal, cada vez tenemos más y más datos, que nos indican que el hecho de que un paciente responda a un determinado tratamiento terapéutico o no, puede estar ligado a la composición de su microbioma digestivo.
Esa posibilidad se está investigando. No estamos hablando de una recomendación que pueda aplicarse hoy por nuestra cuenta ni de cambiar la alimentación para garantizar que un tratamiento funcione. Estamos hablando de una hipótesis de trabajo con enorme interés.
Vidal lo expresa así: ¿puedo, antes de iniciar un tratamiento antitumoral, modificar el microbioma digestivo del paciente para adecuarlo a ese microbioma que da respuesta? Y añade que hay numerosos grupos trabajando en ello.
Si algún día esa estrategia demuestra su eficacia en situaciones concretas, estaríamos ante un ejemplo precioso de cómo una buena alimentación, una buena nutrición, puede favorecer el éxito de un tratamiento terapéutico.
La parte más sugerente de esta línea de investigación es que la alimentación podría tener un papel complementario en ámbitos que tradicionalmente hemos separado. Vidal plantea que, si se consiguiera modificar el microbioma de manera útil antes de un tratamiento, sería un buen ejemplo de cómo una adecuada alimentación y nutrición podrían contribuir al éxito terapéutico.
El condicional importa. La microbiota no convierte la alimentación en un tratamiento médico ni permite sustituir una terapia. Lo interesante es estudiar hasta qué punto alimentación, microbioma y medicina pueden trabajar de forma cada vez más coordinada.
La microbiota resulta fascinante precisamente porque obliga a mirar el organismo de una manera menos compartimentada. El intestino no parece funcionar aislado del resto del cuerpo y los microorganismos que viven en él participan en un entramado biológico que todavía estamos aprendiendo a descifrar.
En ese sentido habrá que esperar a los resultados de la investigación creciente sobre el papel que puede desempeñar el microbioma en la salud y en la medicina personalizada.
Puede que dentro de unos años conocer nuestra microbiota ayude a los profesionales sanitarios a tomar decisiones más ajustadas a cada persona. Mientras llega ese momento, quizá la idea más sensata sea también la menos espectacular. Seguir la ciencia con interés, pero sin convertir cada nuevo hallazgo en una promesa.