Hace unos años, hablar de microbiota no era tan habitual, y en la mayoría de las ocasiones, implicaba explicar bien qué era y el porqué de su importancia. Hoy eso ha cambiado: el término aparece en consultas médicas, en titulares de prensa y en redes sociales. También, claro, en mensajes que prometen soluciones rápidas para cuidarla, incluso a pesar de que todavía existen muchas personas que no entienden muy bien qué es la microbiota, qué la conforma, o qué papel juega en el organismo.
Para poner un poco de orden entre tanta información, hemos recurrido a Daniel Ramón Vidal, catedrático de Tecnología de los Alimentos de la Universidad CEU Cardenal Herrera y uno de los investigadores españoles con mayor trayectoria en este campo.
Aunque la microbiota suele asociarse con el conjunto de bacterias que reside en nuestro intestino, hablar de microbiota necesariamente implica hablar de algo más que de bacterias.
Desde luego, no es equivocado asociar microbiota con bacterias, pero la realidad es que la microbiota representa un ecosistema complejo y dinámico que además de bacterias, incluye virus, hongos, levaduras, arqueas, protozoos y diversos organismos unicelulares. Estos microorganismos habitan diferentes regiones anatómicas del cuerpo humano, como el sistema genitourinario, el tracto gastrointestinal, la cavidad oral, la piel o el tracto respiratorio, pero donde están presentes en un número muy superior, es en nuestro aparato digestivo, fundamentalmente en el colon.
El término microbiota no solo define la diversidad y abundancia de microorganismos, sino que también abarca su influencia funcional en la fisiología del huésped, es decir, qué hace qué en cada uno de nosotros; pues no todos los microorganismos actúan igual, ni lo hacen de igual forma en cada cuerpo o en los distintos ecosistemas.
Entender la importancia del equilibrio entre las distintas especies que habitan nuestro tracto gastrointestinal, cómo es la relación entre ellas, y cómo se modifican las distintas proporciones de cada microorganismo según nuestros hábitos y experiencias, nos puede ayudar a cuidar mejor de nuestra microbiota, y de su equilibrio funcional.
Cuando pensamos en cuidar la microbiota, lo primero que suele venirnos a la cabeza es la alimentación. Sin embargo, su historia comienza bastante antes de que podamos decidir qué ponemos en el plato.
Daniel Ramón Vidal indica que hay mucha evidencia científica que demuestra que niños que nacen por cesárea y no tienen lactancia materna, no tienen un buen establecimiento de su microbioma digestivo (conjunto de microorganismos, bacterias, virus, hongos, y todo su material genético) en sus primeros meses de vida. Y algunas pueden mantenerse a largo plazo.
No es un ecosistema fijo. Va cambiando con nosotros y, como indica Vidal, la edad también deja su huella: A medida que envejecemos perdemos parte de nuestro microbioma digestivo. Pero luego hay muchos factores no intrínsecos a nosotros mismos. Fundamentalmente lo que más cambia nuestro microbioma digestivo es la dieta. Y lo hace de una forma rápida, en muy pocos días.
Entre todos esos factores, la alimentación ocupa un lugar especialmente importante. De hecho, algunos cambios en la composición de la microbiota pueden observarse en cuestión de días.
Esto no significa que una dieta concreta vaya a transformar nuestra salud de la noche a la mañana. Tampoco que exista una receta universal. Significa algo más sencillo: lo que comemos de manera habitual influye en los microorganismos que viven en nuestro intestino.
Los alimentos no aportan nutrientes únicamente a nuestro organismo. También alimentan a las bacterias que forman parte de la microbiota. En cierto modo, cada vez que comemos estamos dando de comer a dos: a nuestras células y a las bacterias que viven en nuestro intestino. Sin embargo, no todos los componentes de la dieta llegan a ambos por igual. Mientras que los azúcares simples, los aminoácidos y buena parte de las grasas se absorben en el intestino delgado y apenas alcanzan el colon, otros compuestos, como la fibra dietética y el almidón resistente, escapan a la digestión humana y se convierten en el principal alimento de la microbiota. Por eso sabemos que la fibra desempeña un papel especialmente importante porque actúa como sustrato fermentable para numerosas bacterias beneficiosas.
Hay otro factor que suele sorprender más: las personas con las que convivimos. No se trata de una metáfora. Compartimos microorganismos con nuestro entorno y con quienes forman parte de nuestra vida cotidiana.
Daniel Ramón Vidal pone un ejemplo muy gráfico: aunque, parezca increíble también con quién nos relacionamos. Se ha publicado un artículo increíble de niños en guarderías, es un estudio muy extenso, que demuestra que los niños cuando llegan a la guardería en muy pocos días van cambiando su microbiota digestivo y van adquiriendo bacterias que vienen de sus otros compañeros de la guardería. Esa socialización, no es solo una socialización intelectual, ahora sabemos también que es una socialización fisiológica y que influye en el microbioma.
Algo tan corriente como compartir juegos, espacios y rutinas tiene también una dimensión biológica. Tanto con los amigos como con los alimentos domésticos. Sí, las mascotas también afectan a nuestra microbiota. Al convivir con ellas, compartimos bacterias, lo que aumenta la diversidad de nuestros microorganismos y mejora nuestra respuesta inmunológica.
Nuestra microbiota, por tanto, no vive aislada. Está en contacto permanente con el mundo que nos rodea.
No exactamente. Como indica el catedrático Vidal, es posible modificar la microbiota a través de la dieta o a través de unas intervenciones, fundamentalmente utilizando lo que llamamos moduladores del microbioma.
La alimentación es una de las principales herramientas que permiten modularla, pero también se utilizan los llamados moduladores del microbioma, términos que ya empiezan a resultar familiares:
Es un organismo vivo, una bacteria, una levadura, que tomado en una dosis determinada diaria tiene un efecto positivo en nuestra salud.
Es un compuesto, normalmente una fibra, que es la dieta exquisita para que los microorganismos buenos de nuestro tracto digestivo crezcan.
Es una mezcla de un probiótico y un prebiótico
Es un organismo muerto, o partes de ese microorganismo, que tomado en una dosis diaria adecuada tiene un efecto positivo en nuestra salud.
Estos microorganismos vivos o muertos (Probióticos o Postbióticos), estás fibras que tomamos, que favorecen el crecimiento de los microorganismos en nuestro tracto digestivo, modifican también nuestro microbioma digestivo, puntualiza Daniel Ramón Vidal y añade que, por lo tanto, la dieta y este tipo de intervenciones son las herramientas que tenemos a fecha de hoy.
Es importante tener en cuenta que el cambio es gradual, va a depender de cada caso y no responde a fórmulas milagrosas.
La microbiota no interviene únicamente en la digestión. Una de sus funciones más relevantes tiene que ver con el sistema inmunitario.
Desde el nacimiento, el contacto con diferentes microorganismos contribuye al aprendizaje de nuestras defensas. Esa relación ayuda a entender por qué se insiste tanto en la importancia de conservar una microbiota diversa. No se trata solo de tener más o menos bacterias, sino de mantener un ecosistema equilibrado.
Para terminar, el catedrático Vidal, nos respondió a esta pregunta y cree que, por lo general, infravaloramos el papel que nuestra microbiota tiene en dos cuestiones clave, que son: dispara nuestro sistema inmunitario, como hemos comentado anteriormente. Y, por otro lado, está el papel de cómo esa microbiota que tenemos en nuestro tracto digestivo modifica, para bien o para mal, lo que comemos. Esto significa que, cuando comemos, ingerimos un montón de nutrientes, pero en función de los microorganismos que tengamos dentro, establecen reacciones químicas que las cambian para producir metabolitos muy positivos para nuestra salud, o para eliminar algunos que son negativos. Un papel fundamental y muy protagonista en numerosos estudios.
En definitiva, más que hablar de resetear, lo correcto sería hablar de cuidar y modular. Una alimentación variada y equilibrada, acompañada de buenos hábitos de vida, está demostrado que el ejercicio moderado (caminar rápido, nadar o montar en bicicleta 4 o 5 días a la semana, aumenta la diversidad bacteriana, reduce la inflamación y favorece microorganismos que optimizan el metabolismo. sigue siendo la base más razonable.
Quizá no sea una promesa tan llamativa como la de un reinicio completo. Pero se parece bastante más a lo que sabemos hoy, gracias a la ciencia.