Cómo detectar bulos nutricionales en redes sociales

Cómo detectar bulos nutricionales en redes sociales

19 de octubre de 2026 42

Actualmente es prácticamente imposible entrar en cualquier red social y no encontrarse constantemente con numerosos contenidos relacionados con la nutrición.  Por supuesto, algunos pueden partir de información rigurosa, pero otros no tanto. ¿Cómo distinguirlos sin tener que convertirnos en expertos en nutrición?

La respuesta no pasa por desconfiar de todo lo que vemos, sino por aprender a hacernos algunas preguntas.

¿Por qué te tengo que creer?

El primer filtro puede parecer obvio, pero muchas veces lo olvidamos. Antes de creer una afirmación sobre alimentación conviene preguntarse quién está detrás del mensaje y en qué basa lo que afirma. 

Jara Pérez, investigadora del Instituto de Ciencia y Tecnología de Alimentos y Nutrición (ICTAN-CSIC) y del CIBERDEM, propone empezar precisamente por ahí: Tenemos que ir en primer lugar a la letra pequeña, no solo al titular, y ver si nos está hablando de que ahí detrás hay una investigación científica o si es la opinión personal de quien nos lo cuenta.

Una experiencia personal puede ser perfectamente sincera, pero una experiencia no equivale por sí sola a evidencia científica. Que alguien asegure que ha dejado de comer un determinado alimento y se encuentra mejor no demuestra que ese alimento sea perjudicial para todos. Del mismo modo, que una persona haya incorporado un producto a su dieta y diga sentirse estupendamente no convierte ese producto en imprescindible.

Cuidado con las historias demasiado perfectas

Hay otra señal que debería despertar nuestro sentido crítico, comenta Jara Pérez, es la historia extraordinaria que acompaña a un alimento extraordinario: un alimento exótico, que toman los indios de no sé dónde, les va súper bien y tienes que empezar a tomarlo. Entonces, vemos ese alimento exótico, con esa historia chula, que casualmente el alimento suele ser bastante caro, ahí muchas veces nos encontramos frente a un bulo. 

Jara Pérez añade que, en muchas ocasiones, podemos obtener los mismos nutrientes a través de alimentos tradicionales bastante más asequibles.

Lo exótico no es necesariamente mejor ni lo caro tampoco. Y que un alimento tenga determinadas propiedades nutricionales no significa automáticamente que necesitemos consumirlo.

¿Me están informando o me están vendiendo algo?

Ésta probablemente sea una de las preguntas más sencillas y útiles. ¿Quién publica la recomendación? ¿En qué se basa? ¿Qué supone llevarla a la práctica? Y, especialmente, ¿esa persona obtiene algún beneficio si seguimos su consejo? La científica Jara Pérez da otra clave: si la opción que nos está proponiendo es bastante cara y casualmente muchas veces nos incluye un enlace para acceder a ese producto, componentes de esa dieta, etc., creo que eso es algo para que nos genere bastante rechazo.

Que exista un interés comercial no demuestra automáticamente que la información sea falsa. Pero sí es un dato que merece ser tenido en cuenta al valorar el mensaje, especialmente cuando el discurso parece conducir inevitablemente hacia un producto, suplemento, ingrediente o dieta concreta.

Cuando la desinformación consigue que dudemos de lo cotidiano

Los bulos nutricionales no se quedan en la pantalla. Pueden terminar modificando nuestra relación con los alimentos.

Isabel Viña, médica especialista en Endocrinología y Nutrición, pone un ejemplo muy ilustrativo en relación a las personas que llegan a preguntarse si unas legumbres envasadas son perjudiciales simplemente porque están dentro de un bote: si ya empezamos a dudar de un alimento que ha demostrado tener beneficios cardiovasculares, metabólicos, de calidad de vida, de tensión arterial simplemente porque está en un bote, tenemos un gran problema.

El ejemplo muestra hasta dónde puede llegar la confusión. Palabras como “natural”, “procesado”, “sin”, “detox” o “superalimento” pueden terminar funcionando como atajos mentales. Y cuando esos atajos sustituyen al conocimiento, podemos acabar desconfiando de alimentos importantes mientras atribuimos propiedades extraordinarias a otros.

El problema no es tener mucha información

Nunca habíamos tenido tanta información sobre alimentación a nuestro alcance. El verdadero reto es aprender a distinguir qué información merece nuestra confianza.

Como precisa Isabel Viña, estamos constantemente sobreexpuestos a información y la dificultad aparece cuando somos incapaces de diferenciar aquello que tiene una evidencia real de aquello que no la tiene.

Esto resulta especialmente complicado en redes sociales porque la información rigurosa y la desinformación compiten prácticamente en igualdad de condiciones por nuestra atención. Un vídeo atractivo puede parecer más convincente que una explicación llena de matices. Una experiencia personal puede emocionarnos más que un estudio. Y una solución sencilla suele resultar más atractiva que reconocer que la alimentación y la salud son asuntos complejos.

Por eso el pensamiento crítico se ha convertido también en una herramienta para cuidar nuestra alimentación.

Una idea brillante es el principio, no el final

Quizá ésta sea una de las mejores reglas para movernos entre tantos mensajes nutricionales. Alguien puede tener una hipótesis interesante. Puede pensar que una determinada dieta, alimento o forma de comer produce un beneficio. Pero tener una idea no significa haber demostrado que esa idea sea cierta. Porque, como comenta Jara Pérez, las ideas brillantes hay que validarlas. Y así es como trabajamos en investigación. Una hipótesis es el punto de partida para investigar y comprobar sus efectos. El problema aparece cuando invertimos el proceso: primero llegamos a una conclusión y después buscamos argumentos que parezcan confirmarla.

En nutrición, como en cualquier otra ciencia, la evidencia debería conducir a las conclusiones y no las conclusiones a la evidencia.

Cinco preguntas antes de creer un consejo nutricional

No necesitamos revisar publicaciones científicas cada vez que entramos en una red social. Podemos aplicar un filtro mucho más sencillo:

¿Quién me lo está diciendo? ¿En qué evidencia se basa? ¿Es una información o una experiencia personal? ¿Me están intentando vender algo? ¿La conclusión está demostrada o simplemente suena convincente?

Hacerse estas preguntas no significa desconfiar sistemáticamente de las redes sociales. Significa utilizarlas con criterio.

Porque frente a la enorme cantidad de información sobre alimentación que recibimos cada día, probablemente la mejor protección contra los bulos no sea saberlo todo sobre nutrición, sino aprender a reconocer cuándo tenemos buenas razones para creer algo.

Desinformación

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