influyen emociones al comer

¿Influyen nuestras emociones al comer?

17 de junio de 2026 45

Seguro que conoces esa sensación de sentarte a comer y que el mismo plato pueda parecerte delicioso un día, y que, al siguiente, te resulte indiferente. Y es que la experiencia alimentaria y las emociones que sentimos están profundamente conectados, y se influyen recíprocamente. A la hora de comer, o de elegir lo que comemos, nos influyen y mucho, tanto el estado emocional en el que nos encontremos, como las experiencias previas y recuerdos que asociamos a los alimentos. 

Hay comidas que nos gustan más porque las asociamos a momentos felices, porque nos recuerdan alguna etapa de la vida bonita, o incluso a algún familiar. Del mismo modo puede ocurrir lo contrario, puede haber comidas que detestemos o no nos gusten porque van a asociadas a emociones y/o experiencias en tono negativo. Igualmente, hay emociones que nos llevan a buscar alimentos específicos que nos proporcionan placer o que asociamos con “recompensa”; así como estados anímicos (p.ej. el cansancio) que determinan qué tipo de alimentos elegimos llevarnos a la boca

Aunque solemos pensar que nuestras elecciones alimentarias se basan únicamente en el hambre o en aspectos puramente fisiológicos, la realidad es mucho más compleja. Lo que sentimos, nuestras experiencias pasadas, o incluso el contexto y el estado de energía en el que nos encontramos, influyen más de lo que imaginamos en la relación que hemos establecido con la comida y los distintos tipos de alimentos.

Cuando estamos contentos, la comida puede saber mejor

¿Alguna vez has disfrutado especialmente de una comida durante unas vacaciones, una celebración o una reunión con amigos? No es casualidad.

La doctora en Ciencia y Tecnología de los Alimentos, Rocío Teruel, explica que nuestro cerebro lo que hace es integrar multitud de factores, y uno de ellos son las emociones y las expectativas que pongamos en el alimento. 

Tiene lógica que cuando estamos contentos, relajados o disfrutando de una experiencia agradable, percibamos la comida como más sabrosa. Y no se debe a que el alimento haya cambiado, sino a que la experiencia completa que construye nuestro cerebro es diferente.

En cierto modo, no solo degustamos los alimentos, también degustamos el momento.

La relación entre emociones y alimentación interesa cada vez más a la ciencia

La conexión entre salud emocional y alimentación es un campo que cada vez despierta más interés entre los investigadores.

Gregorio Varela, catedrático de Nutrición y Bromatología, recuerda que sabemos que en nuestra sociedad  las alteraciones emocionales, los problemas de salud mental son crecientes. Por lo tanto, el intentar ver la asociación, desde el punto de vista de equilibrio emocional, de salud mental y cuál es la ingesta final, o qué alimentos componen nuestra dieta, es un tema apasionante.

Muchas personas reconocen que comen de manera diferente según cómo se sienten. Hay quien pierde el apetito cuando atraviesa una situación complicada y quien busca determinados alimentos como forma de consuelo o recompensa. De igual forma, la neurogastronomía nos ha demostrado que la comida nos sabe mejor cuando la compartimos con nuestros seres queridos que si la consumimos solos.

Gregorio Varela explica que, evidentemente, cuando estamos es una situación relajada personalmente, o comes en compañía y estás a gusto, no hay duda de que, cómo se diría popularmente, la comida sienta mejor. Esos alimentos que estoy ingiriendo le sientan mejor a nuestro digestivo. Nuestro digestivo se ve muy influido por nuestro estado emocional.

Sin embargo, la relación va más allá de las elecciones alimentarias. También afecta a cómo nos sienta la comida.

El intestino también nota nuestras emociones

La expresión popular «tener un nudo en el estómago» no surgió por casualidad.

Cuando estamos relajados, compartimos una comida agradable o disfrutamos de la compañía de otras personas, solemos sentir que la comida nos sienta mejor. En cambio, durante periodos de estrés o preocupación, es frecuente experimentar molestias digestivas, sensación de pesadez o malestar estomacal. 

La catedrática de Nutrición y Bromatología de la Universidad San Pablo CEU, Teresa Partearroyo, añade que la frase popular de tener un nudo en el estómago tiene una base científica bastante sólida. Realmente lo que ocurre es que en nuestro intestino se origina una disbiosis intestinal y esto genera un estado de inflamación crónico. Está inflamación libera unas citoquinas proinflamatorias, hace que disminuya los niveles de serotonina y hace que tengamos unas alteraciones a nivel del tracto intestinal.

Cada vez entendemos mejor que la digestión no depende únicamente de lo que comemos. También importa cómo estamos cuando lo comemos.

El cansancio también influye en lo que ponemos en el plato

Está comprobado que después de una jornada especialmente larga o cuando existe falta de sueño, pocas personas sienten ganas de dedicar una hora a cocinar una receta elaborada.

Según Gregorio Varela, cuando uno está fatigado no hace el esfuerzo de cocinar y, por tanto, se opta por alimentos más prácticos, más de conveniencia. La fatiga hace que tengamos menos energía para planificar menús, cocinar o dedicar tiempo a preparar comidas más completas. Asimismo, la capacidad para tomar decisiones que beneficien nuestra salud disminuye. Por otro lado – según nos indica el Prof. Varela – si estamos más descansados vamos a tener más ganas de compartir, de disfrutar la comida. Además, como él dice el poder compartir y disfrutar la comida lleva siempre, en general, a una mejor calidad de la dieta y un mejor estado emocional.

Comer bien no es solo una cuestión de nutrientes

Durante mucho tiempo la nutrición se ha enfocado desde el nutricionismo, entendiéndola exclusivamente en términos de calorías, macro y micronutrientes. Por supuesto, estos elementos son importantes, pero hoy sabemos que la relación con la comida es mucho más amplia y compleja.

Las emociones, el descanso, el estrés, la compañía, el entorno o el tiempo que dedicamos a las comidas forman parte (entre otros factores) de la ecuación.

Un plato saludable sigue siendo saludable independientemente de nuestro estado de ánimo, pero la forma en que lo percibimos, lo disfrutamos y lo incorporamos a nuestra rutina puede variar enormemente según el momento vital que estemos atravesando.

Quizá uno de los aprendizajes más interesantes que debemos extraer de la investigación actual es el de dejar de vernos como unas máquinas que funcionan únicamente con combustible.

Comemos para nutrirnos, sí. Y eso es inapelable, pero también hay un aspecto que nos gusta mucho destacar que es el de que también comemos para celebrar, compartir, descansar, conectar con otras personas y disfrutar. 

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