Cada vez es más habitual ver a gente comiendo mientras están con el móvil viendo una serie o mirando las redes sociales. Y se ha convertido en algo tan frecuente que ni sospechamos que pueda influir negativamente en nuestra manera de alimentarnos.
Si alguna vez has caído en este hábito tan extendido te darás cuenta de que es muy normal que no recuerdes muy bien cuánto has comido, ni si realmente tenías hambre o ya estabas lleno. Simplemente has comido.
Y aquí surge la gran pregunta: La respuesta simple es que sí; la forma en la que comemos importa tanto como lo que comemos.
A diario, nuestro cuerpo está constantemente enviándonos señales. Entre otras, aquellas que van a condicionar nuestro comportamiento alimentario.
Estas señales son sutiles, y si no prestamos la suficiente atención, podemos perdérnoslas.
Esto es lo que puede ocurrir cuando comemos con distracciones. Nuestro cerebro está más pendiente de lo que pasa fuera, que de lo que ocurre dentro, y señales como la sensación de satisfacción o saciedad pasan llegan a pasar desapercibidas. Paramos de comer cuando ya no hay nada en el plato.
Del mismo modo, comer frente a pantallas está asociado a un menor número de veces de masticación, lo que no sólo impacta en este envío de señales, sino que también repercute en la calidad de nuestra digestión. Nos hace comer más rápido, y nos dificulta esas primeras fases de la digestión mecánica (a través de la masticación) y digestión química (mediada por la salivación).
Además, comer distraídos también va a condicionar el aspecto placentero asociado al acto alimentario. Sentidos como el gusto, el olfato, o la vista dejan de estar pendientes de lo que se come, y pasan a segundo plano ante la presencia de pantallas.
Aunque pensemos que esto no tiene importancia, lo cierto es que este bloqueo no es baladí. La activación de los sentidos es realmente importante en la primera etapa digestiva, la fase cefálica, en la que gracias a esta activación sensorial, el cerebro pone en marcha señales que permiten una mejor digestión: aumenta nuestra salivación, se activan el nervio vago y la producción de ácido clorhídrico y pepsinógeno en el estómago (para una mejor digestión de las proteínas), y se inician los movimientos musculares a nivel gástrico, que permiten la formación del quimo (esa masa formada a partir de la digestión de los alimentos ingeridos en el estómago que pasa poco a poco a la primera parte del intestino delgado).
Así que sí, visto su importancia, estas señales necesitan de nuestra atención.
Como explica Daniel Martínez Maqueda, está comprobado, que cuando tenemos la atención focalizada en algo como la pantalla del móvil, la televisión o el ordenador, lo que ocurre es que no somos conscientes de nuestras señales de saciedad.
Es algo parecido a lo que ocurre cuando comemos muy rápido, continúa Martínez Maqueda; que tampoco nos llegan esas señales de saciedad con el ritmo adecuado. Y cuando no somos conscientes de lo que estamos comiendo, efectivamente, al final esas señales llegan más tarde y nos provoca una ingesta mayor.
Más allá de la cantidad, hay otro aspecto importante como es la calidad de nuestra alimentación. Gregorio Varela lo explica de forma muy clara: Cuando nosotros estamos comiendo mirando una pantalla, normalmente no priorizamos lo que estamos comiendo. Elegimos peor, prestamos menos atención al plato y, en general, la calidad de la dieta se resiente.
Y no solo eso. El tiempo que pasamos frente a pantallas suele ir acompañado de otros hábitos poco saludables. Como confirma Varela, está más que demostrado que cuando estamos hablando de dos, tres horas de “pantalleo” la calidad de la dieta suele ser peor y hay mayores problemas de sedentarismo. Y cuando ese patrón se repite día tras día, el problema ya no es puntual. Se convierte en hábito y ahí es donde empieza el verdadero riesgo.
Muchas veces pensamos que comer es un acto automático. Algo que hacemos sin pensar demasiado. Pero en realidad, comer es una experiencia compleja en la que intervienen los sentidos, la atención y el entorno.
Rocío Teruel lo resume perfectamente: el contexto sí que afecta en nuestra forma de alimentarnos. Un entorno ruidoso, puede hacer que la velocidad de ingesta aumente. El hecho de que tú estés prestando atención a una pantalla de móvil, hace que tú no estés prestando atención a lo que estás consumiendo y, al final, nosotros lo que estamos haciendo es percibir señales. Si estamos derivando nuestra atención en otros medios, eso nos va a afectar en cómo comemos. Por eso es importante que empecemos a comer de una manera consciente. Porque comer no es solo ingerir alimentos. Es percibir, saborear y conectar con lo que estamos haciendo.
Como decíamos al principio, otra consecuencia de no prestar atención a lo que estamos comiendo es que tendemos a masticar menos los alimentos y estos llegan al estómago poco triturados, por lo que el sistema digestivo tendrá que trabajar más. Y esas digestiones pueden favorecer la pesadez estomacal, gases, reflujo y acidez, entre otros problemas.
A raíz del tema que estamos tratando no podíamos dejar pasar por alto la importancia de socializar y de compartir durante las comidas. La investigadora en Ciencias de la Alimentación (CSIC), Marta Miguel, lo destaca como un aspecto vital y una característica muy nuestra que no se debería de perder: Realmente la alimentación es un acto de socialización desde siempre y dentro de la dieta mediterránea un aspecto vital es esa parte social y así está incluido dentro de la pirámide.
Gregorio Varela añade: No nos olvidemos de los aspectos sociales de la alimentación que son fundamentales también para tener una alimentación nutricionalmente más equilibrada, como se ha demostrado en muchos estudios.
El chef Andoni Aduriz, va más allá, y destaca que en nuestra alimentación el factor social es definitivo si nos atenemos a un hecho muy simple. Y es que nosotros comunicamos a nuestros pequeños qué se puede y qué no se puede comer, qué es placentero, o qué tiene una connotación simbólica. Al final, con nuestro comportamiento alimentario somos ejemplo para los más pequeños. Ellos fijarán su atención en lo que elegimos para comer, en si prestamos atención o no a lo que comemos, en si transmitimos disfrute y placer por lo que estamos comiendo, o en si le damos el espacio y el tiempo necesario al acto alimentario – y muy probablemente, irán repitiendo y adquiriendo todos esos hábitos, en una dirección o en otra, de una forma muy subconsciente. Como nos dice Aduriz, es innegable que en el fondo nosotros enseñamos qué comer y cómo comer y eso es un acto social.
Volviendo al tema original, no se trata de ser radicales ni de convertir la alimentación en una norma rígida. Está claro que comer mirando el móvil en alguna ocasión no supondrá un problema, y todos lo hacemos de vez en cuando, pero debemos estar alerta si esto se convierte en rutina.
Así que tratemos de disfrutar de la comida y de las personas con las que la compartimos, porque algo tan sencillo y rutinario contribuirá sin duda a que nuestra vida sea mucho más placentera y saludable.