estres bueno y malo

¿Es el estrés más positivo de lo que pensamos?

14 de abril de 2026 16

El trabajo, las obligaciones, el día a día… Muchas de estas cosas nos generan cierto nivel de estrés, siendo habitual que lo percibamos como algo negativo, o que deberíamos eliminar cuanto antes. Sin embargo, la ciencia nos invita a matizar esta idea: el estrés no siempre es un enemigo. De hecho, es una respuesta natural y necesaria para la vida. ¿Por qué ocurre esto? Puede que por una simplificación de un fenómeno bastante más complejo de lo que creemos. En este artículo vamos a tratar de dar una visión más amplia y desde distintos puntos de vista para intentar entenderlo mejor e, incluso, de una manera más positiva.

El estrés como respuesta natural de adaptación

Tal y como explica Gustavo Díez, Físico Teórico. Máster en Neurociencia. Investigador y Profesor de Intervenciones Basadas en Mindfulness y Estilo de Vida, el estrés es una respuesta del cuerpo para adaptarse al entorno. Es una respuesta de activación y realmente, sin estrés, no habría conducta, no habría adaptación al medio. El estrés es esencial para la vida.

Esta perspectiva nos va a facilitar aceptar al estrés como como algo inherente a nuestra biología, algo con lo que siempre hemos convivido, y no algo que solo ha aparecido recientemente como consecuencia de la sociedad moderna. Nuestra especie ha tenido que lidiar con el estrés, siempre. Pero es que cualquier especie lidia hoy con el estrés incluso las bacterias, explica Díez. De hecho, todas las especies viven en un estado constante de activación ante las demandas que le hace tener el entorno. Y el estrés es esencial para esa adaptación.

¿Cuándo resulta útil el estrés?

Más que hablar de estrés bueno o malo, Gustavo Diez, propone diferenciar entre estrés adaptativo y estrés no adaptativo.

El estrés adaptativo aparece ante un reto importante y ahí, según palabras de Diez, es maravilloso porque te prepara previamente para conseguir que el resultado sea mucho mejor. Por ejemplo, cuando tenemos un examen, ese estado de alerta en el que estamos nos permite una mayor agudeza mental y hace que, normalmente, rindamos mejor. Esto no significa que se pase bien con este estrés, pero su utilidad lo hace más llevadero.

En cambio, el estrés no adaptativo es aquel que nos supera. Es ese que te pone tan nervioso que empiezas a pensar que no vas a ser capaz, nos bloquea y acaba provocando que actuemos peor. Porque en lugar de ayudarnos, su efecto provoca todo lo contrario, y nos paraliza. Y, volviendo al ejemplo del examen, probablemente nos va a hacer suspenderlo u obtener una peor calificación.

Por eso, más que tratar de eliminar el estrés, el objetivo debería ser aprender a identificar qué tipo de estrés estamos experimentando y actuar en consecuencia. Como dice Gustavo Diez, deberíamos detectar el estrés que no nos adapta y emplear medios para cambiar eso.

¿Durante cuánto tiempo nos afectan las situaciones estresantes?

Para explicar esta cuestión es indispensable diferenciar entre un estrés agudo y otro crónico.

Estrés agudo

El estrés agudo aparece cuando pasa algo en el entorno que requiere de nuestra respuesta, define Díez. Y ahí, dependiendo del tipo de respuesta, va a haber un cierto tipo de activación u otro. Normalmente hay ciertas zonas que se activan ante un estímulo prominente. Es decir, ante algo que tenemos que dar respuesta, como por ejemplo el cortex cingulado anterior, la amígdala o la región de la ínsula. Y eso hace que todo el cerebro cambie de estado para poder focalizarse en la resolución de ese problema. 

Estrés crónico

El estrés crónico, en cambio, es aquel que se mantiene en el tiempo. Y aquí es donde empiezan los problemas. Cuando el cuerpo permanece activado de forma constante, los recursos se agotan.

Ahí se suele producir una respuesta compleja, pero de forma muy sencilla las hormonas que se generan por el estrés, comienzan a generar cambios en nuestro cerebro. Nuestro hipocampo, por ejemplo, reduce su tamaño y también toda la densidad dendrítica se reduce. La amígdala, que es una región que procesa las respuestas de amenaza, aumenta su densidad dendrítica y aumenta su tamaño. Porque, como explica Gustavo Diez, en la Naturaleza todo aquello que utilizamos mucho, se fortalece. Pero eso hace que el cerebro de una persona que pasa por un estado de estrés crónico sea mucho más sensible a fenómenos del estrés, incluso a aquellos que, a lo mejor, no representen una amenaza. 

Como es probable que no todos estemos familiarizados con algunos términos utilizados, aclararemos que el hipocampo (estructura cerebral fundamental que forma parte del sistema límbico, localizado en el lóbulo temporal. Una región del cerebro estrechamente asociada con funciones como la memoria, la navegación espacial y la regulación de emociones) y la amígdala trabajan en conjunto para procesar y regular emociones, especialmente en situaciones de miedo o estrés. Esta interacción es crucial para aprender a evitar amenazas. Las dendritas son una proyección de la neurona y actúan como receptores de señales químicas o eléctricas provenientes de otras neuronas.

¿Podemos reconocer las señales del estrés en el día a día?

El estrés no siempre se manifiesta de forma evidente. Muchas veces se cuela en nuestra vida de manera silenciosa. La psicóloga Lucía Hernández de Lorenzo explica cómo podemos reconocer sus señales en distintos niveles: Cognitivamente lo vas a notar en pérdidas de atención, en pérdidas de memoria. Emocionalmente, sobre todo, se nota mucho en trastornos del estado anímico pero no solo como depresión o ansiedad, sino también como que estés más irascible o estés más irritable. Esa sensación de que explotas con todo. Cualquier cosa me desborda. Digestivamente también lo puedes notar que es lo que se llama la parte psicosomática. Trastornos dermatológicos, trastornos del sueño… Realmente el estrés puede aparecer en muchísimos cuadros

Aprender a reconocer estas señales puede resultar muy útil para intervenir antes de que el estrés se cronifique.

Alimentación, emociones y estrés

Por supuesto el estrés también está condicionado por nuestra relación con la comida, y viceversa. De hecho, el miedo a ciertos alimentos puede suponer una fuente importante de tensión emocional; y vivir con estrés puede condicionar nuestra forma de alimentarnos y digerir los alimentos

Lucía Hernández señala que una de las primeras cosas que podemos hacer es dejar de categorizar los alimentos como buenos o malos o incluso cambiar las palabras que utilizamos. El lenguaje que utilizamos importa. Hablar de “pecados”, “caprichos” o “alimentos prohibidos” va a influir directamente en cómo nos relacionamos con la comida.

La restricción en psicología siempre hace que nos genere emociones como el miedo o la culpa. Y cuanta más restricción, más ansiedad, resume Hernández.

En situaciones de estrés, muchas personas recurren a la comida como regulador emocional. Tal y como explica Lucía Hernández, el ser humano tiene varios reguladores básicos: el sueño, la alimentación y el movimiento.

Acudir a la comida para regular emociones no es, en sí mismo, un problema. Si un día estamos tristes y buscamos consuelo en un alimento que nos gusta, eso no nos convierte en personas poco saludables. El problema aparece cuando la comida se convierte en la única manera en la que te regulas.

Hernández señala también que si dentro de tu repertorio hay cosas con las que te regulas, ya sea llamar a tu mejor amiga, ya sea comerte una galleta de chocolate, que sea salir a correr, sea escribir todo lo que sientes, si eso es variado probablemente entre dentro de nuestro concepto de salud.

En resumen, debemos entender que el estrés forma parte de la vida y no podemos, ni debemos eliminarlo por completo. Lo que sí conviene hacer es aprender a diferenciar el estrés que nos ayuda del que consume nuestros recursos y repercute negativamente en nuestra salud y bienestar.

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