Es bastante habitual pensar que un alimento nos resulta atractivo únicamente por su sabor o incluso por el hambre que sintamos en ese momento. Pero en realidad en la percepción y las preferencias alimentarias intervienen bastantes factores que crean una relación perfecta. Todos nuestros sentidos juegan un papel fundamental uniéndose y mandando información al cerebro, quien combina lo que recibe de estos con nuestras emociones, los hábitos aprendidos y también el entorno. Por supuesto comemos porque necesitamos alimentarnos, pero también por hábito, cultura, estado emocional, y de manera muy destacable, porque disfrutamos haciéndolo. Por eso, hablar de alimentación únicamente en términos de nutrientes deja fuera una parte importante de la experiencia.
Normalmente pensamos en el gusto y el olfato cuando hablamos de sabor. El oído parece quedar bastante lejos de la comida. Sin embargo, este sentido también interviene.
Rocío Teruel, doctora en Ciencia y Tecnología de los Alimentos y experta en análisis sensorial, explica que nuestro cerebro está preparado para asociar diferentes sentidos. Y eso nos permite interpretar que una alimento está fresco cuando, al comerlo, esperamos que cruja y cruje.
Pensemos en una manzana, unas verduras frescas o determinados alimentos tostados. Si esperamos encontrar un crujido y no aparece, la experiencia cambia. Otro ejemplo muy claro son las patatas fritas. Como no crujan, y estén como blandas o mojadas, a la gente no les gustan. No es que el oído decida por sí solo si algo está rico o no; lo interesante es que el cerebro integra lo que oye con lo que ve, huele y siente en la boca. También es importante mencionar que que algo nos guste o no, depende mucho también de nuestras espectativas al respecto.
Las propiedades sensoriales -el sabor, el aroma, la textura o el sonido- influyen en el placer que sentimos al comer y, por tanto, en nuestras elecciones. Pero no actúan solas.
En lo que terminamos poniendo en el plato intervienen factores biológicos, sociales y emocionales. Rocío Teruel insiste en que el gusto y el placer tienen un peso importante en la decisión final.
Esto ayuda a entender algo que a veces olvidamos cuando hablamos de alimentación saludable: saber que un alimento es recomendable no garantiza que vayamos a elegirlo. Si no nos gusta, si no sabemos prepararlo de una forma apetecible o si lo asociamos a una obligación, probablemente tendrá más difícil hacerse un hueco habitual en nuestra dieta.
De ahí que cocinar, variar las preparaciones o encontrar texturas y sabores que nos resulten agradables no sean detalles sin importancia. Hacer apetecible una alimentación saludable también puede ayudar a mantenerla.
La doctora en Psicología Clínica y de la Salud, Silvia Álava, parte de una idea muy sencilla: alimentarnos es una necesidad básica. Nuestro cuerpo necesita nutrientes para seguir avanzando. Pero los seres humanos hemos convertido esa necesidad en algo bastante más complejo.
Cocinamos, combinamos ingredientes, modificamos sabores y texturas, compartimos recetas y momentos alredor de la mesa, e incluso hemos construido tradiciones gastronómicas y una cultura alimentaria. Como explica Álava, comemos para alimentarnos, pero también porque está rico.
Ese componente placentero no es un factor superficial. Forma parte de nuestra manera de relacionarnos con la comida. También explica por qué la gastronomía tiene una dimensión cultural y social tan potente alrededor de una mesa no solo consumimos alimentos. Celebramos, conversamos, recordamos y compartimos.
El contexto, además, puede modificar cómo vivimos una comida. El entorno, las condiciones en las que comemos (solos o acompañados, y con quién), así como nuestrasemociones pueden cambiar, y con ellas también se modifica nuestra percepción de determinados sabores, texturas o situaciones.
Marta Garaulet, catedrática de Fisiología y Nutrición de la Universidad de Murcia, pone el foco precisamente en esa relación entre alimentación y emociones. Según explica, existe una parte importante de la población cuya forma de comer está influida por su estado emocional. Es decir, que comen más por emociones que por hambre o por apetito.
Eso puede afectar a cuándo comemos, cuánto comemos y qué alimentos elegimos. Esto no significa que cada vez que comemos algo porque nos apetece existe un problema. La alimentación humana nunca ha sido una respuesta automática a una señal de hambre física.
Hay comidas asociadas a celebraciones, momentos familiares, recuerdos o estados de ánimo. Y también días en los que el cansancio, el estrés o una emoción concreta pueden modificar nuestras elecciones.
Entender que nuestras decisiones alimentarias no dependen únicamente de la voluntad va a resultar muy útil, sobre todo, a la hora de no culpabilizarnos. Si atendemos a eso, podemos observar mejor qué ocurre en nosotros y a nuestro alrededor y qué nos está llevando a elegir una cosa u otra.
No existe una única respuesta. El gusto por un alimento se construye con muchas piezas. Está lo que percibe la boca (sabores y texturas), pero también el aroma, y hasta el sonido. Se suma el entorno en el que comemos, lo que hemos aprendido, nuestras costumbres y cómo nos sentimos en ese momento.
Por eso dos personas pueden vivir de manera muy distinta el mismo plato. Y por eso nuestras propias preferencias tampoco son completamente rígidas.
Lo interesante es que esta visión permite alejarnos de una idea demasiado mecánica de la nutrición. Comer bien no consiste únicamente en elegir alimentos por su composición nutricional; también necesitamos que nuestra forma de alimentarnos sea agradable y encaje en nuestra vida. Si interiorizamos esto no solo vamos a conseguir disfrutar más de la alimentación sino también de la vida.