Una costumbre muy extendida en nuestro país siempre ha sido la de comer acompañado. Ya fuera por la familia, por compañeros de trabajo, amigos… La costumbre de compartir una mesa continúa siendo una parte muy importante en nuestras celebraciones. Poco a poco, la falta de tiempo nos ha ido llevando a abandonar esa práctica para adoptar unas costumbres que no eran propias de nuestra sociedad, como comer frente a una pantalla, o hacerlo más deprisa. Hoy en día sentarse a la mesa acompañado se está convirtiendo en un acto casi revolucionario.
Es importante no olvidar que, para valorar en su totalidad nuestra alimentación, no solo debemos atender al aspecto nutricional. Comer acompañado, conversar y disfrutar de la comida aporta muchos más beneficios de los que podamos imaginar y son los que vamos a tratar en el siguiente artículo.
La investigadora Marta Miguel, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), confirma que la alimentación es un acto de socialización desde siempre. Es vital. Deberíamos aprovechar esa parte social que tiene la alimentación para intentar alimentarnos mejor.
Desde los primeros grupos humanos hasta las comidas familiares de hoy, comer ha sido una forma de unión. En torno a la comida se negocian acuerdos, se celebran victorias, se transmiten valores y se fortalecen lazos. En palabras de Marta Miguel, incluso los nuevos modelos alimentarios, por muy modernos que sean, siguen destacando la importancia de comer juntos.
Tanto es así que incluso dentro de las pirámides de la dieta mediterránea de los últimos años, un aspecto vital es esa parte social y así está incluido dentro de la pirámide.
El presidente de la Federación Española de Sociedades de Nutrición, Alimentación y Dietética, Gregorio Varela, destaca que no solo importa lo que se come sino cómo se come. Y eso en el Mediterráneo lo tenemos más que aprendido, durante generaciones y generaciones, y no debemos perderlo.
Un objetivo que deberíamos marcarnos como sociedad debería ser el de conseguir que entendamos que esa costumbre tan nuestra de reunirnos alrededor de una mesa, en casa, en un bar o restaurante, es mucho más que un hábito cultural, es una forma de cuidar la salud emocional y nutricional.
Varela matiza que esos aspectos sociales de la alimentación son fundamentales también para tener una alimentación nutricionalmente más equilibrada, como se ha demostrado en muchos estudios.
Por el contrario, comer solo, deprisa o distraído suele asociarse con peores elecciones alimentarias, peor digestión y una menor satisfacción. El simple hecho de conversar mientras comemos nos conecta con el placer real de la comida y nos aleja de la relación automática o ansiosa con los alimentos.
Varela añade otro punto fundamental: la educación alimentaria empieza en casa, en la mesa familiar.
Comer en familia es fundamental. Porque evidentemente es el lugar donde hay que educar los hábitos alimentarios, donde hay que educar también los sentidos, como puede ser educar el gusto. Educar, por supuesto, comer con los ojos en buen plan. Es decir, también el momento en el cual en familia se puede ayudar a saborear y disfrutar de los sabores de los alimentos.
Durante las comidas en familia, los niños aprenden no solo qué comer, sino cómo comer. Ven, escuchan, imitan y descubren que la comida puede ser placer, conversación y cuidado. Es ahí donde se transmiten los valores más básicos: probar nuevos alimentos, compartir, agradecer, respetar los turnos, reconocer la saciedad o disfrutar del sabor de algo sencillo.
Aunque la escuela y las campañas de salud pueden reforzar esos aprendizajes, el núcleo familiar sigue siendo el escenario más influyente en la relación con la comida.
Y no se trata solo de salud: comer juntos también fortalece los vínculos afectivos. Numerosos estudios muestran que los niños que comparten habitualmente las comidas familiares tienen menor riesgo de desarrollar trastornos alimentarios, presentan mejor autoestima y se sienten más seguros emocionalmente.
El chef Andoni Aduriz, referente de la gastronomía española, aporta una mirada diferente al hecho de comer en familia. A través de nuestro modelo nosotros educamos a nuestros pequeños en los hábitos qué queremos que sostengan, qué es placentero, qué tiene una connotación simbólica en una dirección o en otra.
Por supuesto que cada cultura tiene sus rituales en torno a la comida. Los horarios no son los mismos, ni los sabores, ni, por supuesto, las normas de comportamiento… Todo eso forma parte de cada identidad colectiva. Lo que consideramos “rico”, o “apetecible” no solo responde al gusto individual, sino también al entorno en el que crecimos. Es innegable que, en el fondo, nosotros enseñamos qué comer y cómo comer y eso es un acto social, añade Aduriz.
Por eso, cuando nos sentamos a la mesa, no solo estamos alimentando el cuerpo, sino también perpetuando una cultura, una historia y un modo de entender el mundo.
Comer es, en definitiva, un lenguaje universal, y compartir la mesa es una de las formas más antiguas de comunicación humana.Alimentarnos bien no solo depende de lo que haya en el plato, sino también de quién se sienta con nosotros a compartirlo. Por eso volver a la mesa compartida debería ser una meta fundamental a corto plazo ya que es, en muchos sentidos, el mejor lugar para aprender a cuidarnos y cuidar a los demás.