En alimentación, los mitos tienen una capacidad increíble para resistir el paso del tiempo. Algunos circulan desde hace décadas. Otros nacen y se expanden en redes sociales en cuestión de horas. Pero todos comparten algo: parecen sencillos, suenan convincentes y muchas veces se presentan como verdades indiscutibles.
El problema es que la nutrición rara vez funciona así. La ciencia avanza, matiza, corrige y afina. Y eso significa que algunas ideas que hemos repetido durante años no solo son inexactas, sino que a veces pueden llevarnos a tomar peores decisiones.
Entonces, ¿qué mitos nutricionales conviene desterrar de una vez? ¿Y cómo podemos identificar cuándo una información sobre alimentación no es fiable?
Una de las cuestiones más importantes hoy no es solo qué mito desmontar, sino cómo reconocerlo. La investigadora Jara Pérez, del ICTAN-CSIC y CIBERDEM, recuerda que es importante ver, en primer lugar, la formación de la persona que está trasladando eso. Aunque a veces también podamos tener situaciones donde una persona no tiene una formación especializada y traslada un buen contenido y a la inversa. Pero eso ya es una primera aproximación.
Más allá de quién habla, hay otra pregunta clave: ¿está apoyando lo que dice en referencias científicas? Hoy es fácil enlazar artículos, informes de instituciones o documentos técnicos. Cuando alguien hace afirmaciones tajantes sobre nutrición, pero no aporta ninguna base o se apoya solo en opiniones personales, conviene encender la alarma.
No se trata de exigir que todo el mundo cite estudios en una conversación cotidiana, pero sí de aprender a distinguir entre una explicación rigurosa y una afirmación vacía con apariencia de verdad.
El profesor José Miguel Mulet, catedrático de biotecnología de la UPV, lo resume con humor: si tuviera que enumerar todos los mitos que le gustaría desterrar, le saldría un libro entero.
Entre los más repetidos cita el miedo a los transgénicos, la idea de que existen “superalimentos” casi milagrosos o la sensación de que vivimos permanentemente intoxicados por pesticidas. Son ejemplos muy representativos de cómo funcionan muchos bulos: por un lado, se exagera un riesgo y por otro, se idealiza un alimento o una categoría. Y en medio queda el consumidor, muchas veces confundido y sin herramientas claras para interpretar la información.
La realidad, casi siempre, es bastante menos espectacular. No existen alimentos milagrosos que compensen una mala alimentación general, ni conviene vivir pensando que todo lo que comemos es una amenaza.
Si hubiera que elegir una familia de bulos especialmente llamativa, Jara Pérez lo tiene claro: todos los que tienen que ver con la fruta.
Durante años hemos oído que es malo tomar fruta de noche, o que la fruta tiene demasiado azúcar, aunque luego tomamos otros productos con alto contenido de azúcar sin problemas. También que “fermenta en el estómago” o que es mejor evitarla en ciertos momentos del día. Y, sin embargo, seguimos hablando de uno de los grupos de alimentos más saludables que existen.
El mito de que la fruta “fermenta en el estómago” también es buen ejemplo de cómo una idea sin base puede asentarse con facilidad. Como recuerda Jara Pérez, nuestras bacterias no están en el estómago. Pero el argumento suena técnico y, por eso mismo, muchas personas lo compran sin más.
Ante toda esa batería de bulos deberíamos recordar que, si un alimento lleva años formando parte de las recomendaciones de salud pública y de los patrones dietéticos saludables, sospecha cuando alguien intente demonizarlo con explicaciones llamativas, pero poco sólidas.
Otro de los grandes mitos que siguen muy vivos es la asociación automática entre natural y bueno, y entre procesado, sintético o químico y malo.
Jara Pérez lo explica con un ejemplo muy claro: en la naturaleza podemos encontrarnos con setas totalmente naturales que nos pueden causar la muerte. Es decir, lo natural no es sinónimo de seguro ni de saludable por definición.
Este es uno de los errores más extendidos en la conversación pública sobre alimentación. Porque está muy instalada la idea de que si algo es natural es automáticamente bueno. Si algo tiene un componente químico de transformación industrial necesariamente es malo. Esta es una visión que simplifica demasiado una realidad mucho más compleja.
Como indica la investigadora es necesario una tarea pedagógica y de divulgación partiendo ya desde la educación más básica. De comprender que todo el mundo está hecho de sustancias químicas, que gracias a que en los alimentos hay sustancias químicas nos dan lo que necesitamos y que esas sustancias pueden ser beneficiosas o perjudiciales independientemente de su origen.
A veces no hablamos de bulos nacidos en redes, sino de ideas que en otro momento la ciencia avalaba pero que, con el avance de los estudios, ha ido corrigiendo con el tiempo.
La catedrática Montaña Cámara, de la Universidad Complutense de Madrid, pone un ejemplo muy ilustrativo: durante años se limitó el consumo de grasa a muchas personas con problemas cardiovasculares, incluyendo alimentos como los pescados grasos. Hoy sabemos que esos pescados contienen ácidos grasos con un perfil cardiosaludable y que su consumo puede ser recomendable.
El alimento no ha cambiado. Lo que ha cambiado es lo que sabemos sobre él.
Este punto es muy importante porque nos recuerda que la nutrición no es un bloque fijo de verdades eternas. Es un campo vivo, que evoluciona a medida que mejora el conocimiento científico. Y eso puede chocar, especialmente a quienes llevan tiempo escuchando mensajes distintos.
Pero rectificar no es una debilidad de la ciencia. Al contrario, es una de sus fortalezas.
Tanto Jara Pérez como Montaña Cámara apuntan a una idea de fondo: hace falta más pedagogía. Más educación nutricional de base. Más capacidad para entender matices. Más naturalidad para aceptar que saber más puede obligarnos a revisar lo que creíamos cierto. En definitiva, falta alfabetización alimentaria, nutricional y científica.
La buena información en nutrición no suele venir envuelta en titulares estridentes. Suele ser más matizada, más prudente y menos espectacular. Quizá por eso a veces cuesta más que se abra paso.
Pero precisamente ahí está el trabajo importante: construir una conversación sobre alimentación que no se base en el miedo, ni en la simplificación, ni en la promesa rápida. Una conversación más útil, más honesta y más sensata.
Porque comer bien no depende de memorizar prohibiciones absurdas ni de perseguir supuestos alimentos mágicos. Depende, sobre todo, de saber separar el ruido de lo importante.