Cada vez es más habitual conocer algún caso de alguien cercano que padece un trastorno o un desorden alimentario. Y en muchos casos podemos pensar que ambos términos se refieren a lo mismo. Pero, ¿realmente son lo mismo? ¿Dónde está la línea que los separa? ¿Cuándo una relación complicada con la comida se convierte en un problema de salud mental?
Comprender sus diferencias no es solo una cuestión de lenguaje. Es clave para detectar señales de alerta, evitar estigmatizar comportamientos puntuales y, sobre todo, pedir ayuda a tiempo cuando sea necesario.
La psiquiatra especializada en TCA, Belén Unzeta Conde, lo explica de forma muy clara: La diferencia entre trastorno y desorden alimentario tiene que ver con el grado de disfunción que nos produce. Es decir, cuando afecta a la funcionalidad del individuo.
Por supuesto no hay que alarmarse porque puntualmente podamos tener conductas alimentarias desordenadas. Es bastante normal saltarnos una ingesta, porque no tenemos tiempo, porque a veces el estado de ánimo nos influye y puedo tener menos apetito. O a la inversa, haber comido de más o darnos, incluso, un atracón… Estas conductas, cuando son esporádicas, no definen un trastorno. Nos pasan a todos.
El problema aparece cuando ese patrón deja de ser puntual y empieza a repetirse. Cuando la relación con la comida se vuelve rígida, obsesiva o fuente constante de malestar. Y, sobre todo, cuando empieza a afectar a la funcionalidad de cada uno: a las relaciones sociales, familiares, al rendimiento académico o laboral, a la forma en la que la persona se percibe a sí misma.
Ahí es cuando ya no hablamos solo de un desorden, sino de un trastorno mental, añade Unzeta, y es necesario recurrir a un apoyo profesional.
Un individuo es consciente que tiene un problema con la comida cuando empieza a afectarle a muchas áreas de su vida. Va más allá del momento de comer. Así lo explica, la nutricionista y psicóloga, Juana María Fernández.
En las primeras fases, la preocupación suele centrarse en qué se come, cuánto se come o cómo se come. Pero poco a poco, esa inquietud va ocupando cada vez más espacio de su vida y le va llevando a más obsesión, más rumiación, ansiedad, incluso depresión y aislamiento, matiza Fernández. La persona empieza a evitar planes, comidas en grupo o situaciones que giren en torno a la alimentación.
Llega un momento en el que prácticamente toda su vida gira en torno a la comida y a la relación con la comida. Y ahí es cuando es consciente de que algo no va bien.
Un aspecto importante que destaca Juana María, es que, en muchos casos, al principio, piensan que es un problema de alimentación y no de conducta alimentaria e intentan intervenir en la alimentación, cuando el problema real no es la alimentación, sino la conducta alimentaria con lo que supone: la parte emocional, la parte mental, social y todo lo que conlleva esta conducta.
Las redes sociales tienen un peso enorme en cómo nos relacionamos con nuestro cuerpo y con la comida. Y su impacto puede ser especialmente dañino en personas vulnerables.
La psicóloga clínica Elena Arderius explica que muchas personas con TCA utilizan como referentes a influencers, personajes públicos o gurús de la nutrición que no siempre tienen formación ni rigor científico. A través de mensajes simplificados y estéticas irreales, se promueven estándares de belleza inalcanzables y normas alimentarias rígidas.
El problema es que lo que se muestra en redes no suele ser real. Es una versión filtrada, parcial y, muchas veces, irreal de la vida. Intentar alcanzar esa “perfección” es prácticamente imposible y genera frustración, culpa y una sensación constante de fracaso, que alimenta aún más el problema.
La comparación constante con cuerpos, dietas y estilos de vida irreales puede intensificar el malestar y cronificar el trastorno.
A este contexto se suma otro factor clave: la desinformación. La psicóloga Silvia Álava alerta del peligro de los bulos en nutrición, especialmente aquellos que utilizan mensajes categóricos y prohibiciones absolutas.
Por eso, Álava advierte, mucho cuidado con las dietas que son «hiperrestrictivas». Sabemos que cuando estamos diciendo que una dieta en la que determinados alimentos están prohibidos, no los puedes comer, a la persona que los come le genera culpa o que incluso deja de ingerirlos de una manera tan radical que en ocasiones termina desarrollando un Trastorno de la Conducta Alimentaria.
Un dato que debería ponernos muy alerta es el de un incremento de un 250% de Trastorno de Salud Mental en los adolescentes y entre ellos de lo que más se ha incrementado precisamente es esto: Trastornos de la Conducta Alimentaria. Es importante atender al tipo de mensajes que les están llegando a nuestros jóvenes y cómo deberíamos contrarrestarlos para minimizar su impacto.
Es cierto que no todas las conductas desordenadas llevan a un trastorno, pero tampoco hay que minimizarlas cuando empiezan a repetirse. La clave está en observar cómo y cuánto afecta en la vida de cada persona.